Conforme el tiempo siga pasando, se confirmará el hecho de que el pescado de captura será cada vez más difícil y costoso de obtener - debido a la disminución de los stocks pescables – que en algunos casos llegan incluso a la sobrexplotación -, las complicaciones en las operaciones de pesca, las regulaciones nacionales e internacionales para la actividad extractiva y el comercio de sus productos, entre otros factores.

En tanto, los productos acuícolas, que incluyen muchas especies de peces y mariscos, verán incrementarse sus producciones y su participación en los mercados tanto locales, como nacionales e internacionales.

En ese contexto, resultan pertinentes los más recientes datos publicados por la FAO que señalan que la producción pesquera y acuícola mundial, estimulada por el incremento de la demanda de pescado, se situó en 164.3 millones de toneladas en el pasado año 2014 y la demanda ascenderá a unos 172 millones de toneladas en 2021. De estos volúmenes, la mayor parte del abastecimiento que se destina al consumo humano, más del 50%, proviene de la acuicultura, y lo hará cada vez en mayor proporción.

Además, la acuicultura seguirá siendo uno de los sectores de producción de alimentos de origen animal de más rápido crecimiento, el mismo que continuará de manera más notable en países en desarrollo, como los sudamericanos. Esto, por cuanto la acuicultura muestra muchas ventajas, como ser la ocupación de espacios no aptos para otras actividades productivas, mejores conversiones de los insumos que sirven de alimentos, uso del agua sólo transitorio y gran variedad de opciones productivas, en cuanto a especies, tipos de cultivos, diversidad de ambientes y zonas de operación, entre otros aspectos.

Un panorama de desarrollo de esta naturaleza y dimensiones, sin duda, ha llamado la atención de gobiernos y empresarios en muchos países, donde la inversión en acuicultura se viene expandiendo muy rápidamente, gracias a una labor promotora del Estado y en virtud de la conjugación de esfuerzos entre el sector público, privado, académico y la sociedad civil.

Pero igualmente, hay que considerar que la acuicultura tiene límites, y que su crecimiento debe ser sostenible, evitando el desperdicio o mal uso de recursos naturales y cuidando sus impactos ambientales y en el entorno social. Es decir, si bien la acuicultura debe ser rentable y competitiva, ella no debe darse a cualquier costo.

En este contexto mundial se inserta la acuicultura peruana, la que aunque de antigua data, se encuentra aún en una situación de desarrollo intermedio respecto a otros países de la Región y se caracteriza por su gran dependencia de un reducido número de especies, tres para ser precisos: langostinos, conchas de abanico y truchas, así como de zonas productivas: Piura, Puno, Tumbes y Ancash. Ello, no obstante el rico potencial que reservan los ingentes cuerpos de agua continentales y las enormes posibilidades de ampliar la crianza de especies marinas, dada nuestra gran bio-diversidad, teniendo muchas de ellas un elevado potencial  de comercio internacional.

Una de las primeras acciones decisivas en favor de la acuicultura adoptadas por el Estado peruano, fue la promulgación de la Ley 27460, Ley de Promoción y Desarrollo de la Acuicultura, aprobada en mayo de 2001, que estableció una serie de medidas y beneficios tributarios dirigidos a promover la actividad, igualando a la acuicultura con la agricultura, ya que la primera es, precisamente, “la agricultura y la ganadería en el agua”

En 2010, evaluados los efectos de esa Ley, se promulgó la Ley 29644 que extendió los beneficios tributarios para la acuicultura hasta el año 2013; y, otros como la suspensión del pago de derecho de acuicultura hasta el 2021.

Otros instrumentos legales y de política dispuestos por el Estado, se refirieron a la declaración de interés nacional de la inversión y la facilitación administrativa de la actividad acuícola, con la finalidad de promover la participación en ella, como fuente de alimentación, empleo e ingresos.

Asimismo, y tal vez con mayor efecto positivo, se aprobó el Plan Nacional de Desarrollo Acuícola 2010 – 2021 (D.S. N° 001-2010-PRODUCE), el establecimiento de un Programa Nacional de Ciencia, Desarrollo Tecnológico e Innovación en Acuicultura 3013-2021, la elaboración del Catastro Acuícola Nacional y la Red Nacional de Información Acuícola. A partir del Plan Nacional, se han venido elaborando “Planes Regionales de Desarrollo Acuícola”.

Desde la promulgación de la Ley 27460 en el año 2001, vemos que en efecto, la producción de la acuicultura nacional se ha incrementado en forma notable, según lo registran los datos oficiales provenientes del Ministerio de la Producción: De algo más de 7,543 toneladas producidas en el 2001, se llegó a 125,700 t. en el 2013, con un ligero descenso a 106,270 t. registradas oficialmente en el 2014.

Por su parte, las exportaciones de productos acuícolas se multiplicaron en casi 10 veces desde el año 2003, pasando de $ 34 millones de US $ (FOB) a cerca de 300 millones de US$ (FOB) reportados en los dos últimos años (2013 y 2014).

La información anterior, revela entonces que sí se han producido cambios en la acuicultura nacional, cambios que respondiendo fundamentalmente a la tendencia internacional de los mercados de alimentos pesqueros, ha encontrado un respaldo en la política promotora del Estado peruano. Política que, sin ninguna duda, debe ser robustecida de diversas maneras.

En consecuencia, si bien apreciamos que la acuicultura peruana está creciendo y puede crecer más aun, consideramos indispensable promover su  desarrollo sostenible teniendo en cuenta los siguientes factores fundamentales: i) la demanda interna e internacional; ii) el aprovechamiento racional de su potencial de recursos; y, iii) política estatales de promoción y de ordenamiento.

¿Es realmente gravitante el último punto mencionado? Consideramos que sí, ya que en el más reciente informe de la FAO sobre el Estado Mundial de la Pesca y la Acuicultura al 2014, se inicia con la siguiente reflexión: ”En un mundo en el que más de 800 millones de personas siguen padeciendo malnutrición crónica y en el que se espera que la población mundial aumente en otros 2 000 millones hasta llegar a los 9 600 millones de personas para el 2050 (con una concentración en las zonas urbanas costeras), tenemos que enfrentar el inmenso desafío que supone alimentar a nuestro planeta y proteger al mismo tiempo sus recursos naturales para futuras generaciones.”. En este contexto  “se destaca el importante papel que la pesca y la acuicultura desempeñan en la eliminación del hambre, el fomento de la salud y la reducción de la pobreza. Nunca antes se ha consumido tanto pescado ni se ha dependido tanto del sector para alcanzar una situación de bienestar. El pescado es muy nutritivo, una fuente vital de proteínas y nutrientes esenciales, especialmente para muchos miembros más pobres de nuestra comunidad mundial.” [1]

En este mismo contexto, se refuerzan las preocupaciones expresadas en distintos foros sobre la necesidad de evitar que el desarrollo acuícola tenga impactos negativos, en sus diferentes escalas de emprendimiento, tanto en el entorno ambiental como en el social, en lo que se refiere al uso de recursos y la ocupación de espacios.

Bastan estas aseveraciones para que comprobemos por un lado, las inmensas posibilidades que se abren ante un país mega diverso como el nuestro, si es que sabe dirigir correctamente sus esfuerzos en los próximos años, y por otro, la necesidad de hacer un uso eficiente de sus recursos naturales, aprovechando asimismo sus ventajas comparativas, a través del desarrollo sostenible de su acuicultura, al igual que lo vienen promoviendo políticas de Estado de muchos países y organismos internacionales competentes en la materia.

Y a este propósito es que queremos insistir en que no se trata de simplemente “crecer”, sino más bien de “desarrollarnos de manera sostenible”, teniendo además claridad en obtener el mejor rendimiento de nuestras ventajas comparativas, y en mejorar nuestra eficiencia, en una disciplina productiva que es muy variada y compleja, cuyos productos deberán ubicarse a nivel interno y mundial de manera saludable y competitiva.

En el antes señalado contexto, cabe preguntarse ¿Qué es necesario entonces para promover el desarrollo sostenible de la acuicultura peruana? Ensayaremos aquí una respuesta.

En primer término debemos dotar a la acuicultura de una herramienta de política que privilegie una visión de desarrollo sostenible y competitivo, a fin de asegurar su permanencia en el tiempo y la inserción ventajosa de sus productos en los diferentes mercados, entre los que figuran los más exigentes a nivel nacional e internacional.

En segundo lugar consideramos pertinente equiparar en beneficios promocionales a la acuicultura con la agricultura y la agroindustria, ya que como se mencionó líneas arriba, más que actividad extractiva como la pesca, la acuicultura se asemeja mucho a la agricultura. En este sentido, la acuicultura está sujeta a los mismos imponderables ambientales (clima, lluvias, sequías, fenómenos como El Niño), plagas, variación de precios de los productos en los mercados internacionales, tendencia cada vez mayor al alza de sus costos operativos (encarecimiento de insumos como alimentos, mano de obra, semilla), fluctuación del tipo de cambio, entre otros.

Un tercer elemento se refiere  la necesidad de adoptar un conjunto de medidas orientadas a salvar el fuerte escollo que hoy constituye la maraña institucional que rodea y conduce el desenvolvimiento de la acuicultura. En este sentido hay que referirse al elevado número de agencias gubernamentales con responsabilidades y competencias muchas veces repetidas, al insuficiente conocimiento y comprensión de la problemática de la actividad por esas mismas autoridades; a la innecesaria y obstructiva duplicidad y rigidez en la tramitación de muchos de los permisos, autorizaciones y otros, aspectos éstos que alientan la informalidad y en otros casos, traban el flujo comercial.

Un cuarto eslabón de esta cadena de desarrollo acuícola demanda asimismo promover y mantener la competitividad, por lo que se requerirán acciones fuertes para impulsar la innovación tecnológica, diversificación de las estrategias productivas, mejoras en la semilla y su selección para alcanzar los rendimientos más eficientes, etc.

Y por último, es de destacar la importancia que tiene una labor promotora  eficiente del Estado que sea eficiente, aportando de manera continua, ordenada y consistente, en temas como la investigación científica y tecnológica, políticas de protección de la contaminación hacia la acuicultura, la prevención de conflictos, así como de medidas de protección a los criadores y sus productos.

Al respecto, resaltamos los casos de aquellos países con alto desarrollo acuícola como Chile, México, Brasil (por mencionar casos de la región), y de Francia, Estados Unidos, España, Canadá, Noruega, en los que el Estado ha provisto - y lo sigue haciendo - importantísimos respaldos que dan sustento técnico y ayudan a la mejora productiva, en base a estudios de muchas de sus agencias de investigación y desarrollo acuícola, las que aún no están consolidadas en el Perú, y cuyo aporte, si se da, tomará muchos años.

En el caso de nuestro país, han sido los mismos productores acuícolas quienes han sufragado el gasto de la investigación, el desarrollo y la innovación para lograr y mantener la competitividad. Notamos sin embargo, que en los últimos años se han venido reforzando los fondos concursables de apoyo a la investigación, desarrollo e innovación, los cuales deben ser adecuadamente promovidos y manejados, privilegiando aquellos destinados a la solución de problemas reales y prácticos, debidamente enmarcados en los planes ya elaborados.

En particular, aquellos destinados a asegurar un desarrollo sostenible, con cuidado ambiental y social, y más particularmente aun, enfocando la diversificación de la acuicultura peruana. Ello, por cuanto la realización de la acuicultura dentro de marcos que incorporen el respeto al medio ambiente y a la comunidad, es cada vez más reclamada, tanto en la comunidad internacional como por parte de los consumidores más informados.

Entendemos además que este cuidado ambiental debe ir paralelo a la mejora de la imagen de la acuicultura y de sus productos, tanto para los mercados locales como en los internacionales. Recordamos que en muchos países de la región, la acuicultura se hace más competitiva al haber mayor demanda interna (destacan los casos de Brasil y México), la que también debe ser incentivada.

Nota aparte merece el insistir en que los países que muestran mayor grado de desarrollo acuícola han sabido aprovechar las ventajas comparativas que ellos tienen, sean éstas ambientales, comerciales, tecnológicas, o el conjunto de ellas. Como ejemplos en la Región, vemos como Ecuador ha surgido como un gran productor de langostinos dadas las condiciones geográficas, climáticas y oceanográficas que facilitan el cultivo de una especie que les es nativa como los langostinos. Por su lado Chile encontró en las aguas frías y protegidas de la porción sur de su costa, el ambiente propicio para la crianza de una especie introducida como es el salmón. Brasil asimismo, pone en valor diversas zonas apropiadas para especies exóticas (langostinos, tilapia) y nativas (gamitana, paiche).

El Perú posee una gran diversidad de especies y de ambientes (mega-diversidad) que dan un amplio margen al desarrollo de una producción acuícola variada y competitiva. Consideramos que ha llegado el tiempo de aprovechar esas ventajas.

Por otro lado, el país es el principal productor de harina y aceite de pescado entero, a partir de la anchoveta. Si bien es una tendencia mundial la reducción de este valioso insumo en las dietas de los animales de crianza y que todos entendemos y apoyamos que la anchoveta debe servir prioritariamente al consumo humano directo, no es menos cierto que en tanto se haga de ella un insumo industrial - asegurando que ello se de en el contexto de una pesquería sostenible y altamente regulada -, conviene promover que al menos parte del empleo de este insumo se dirija a la acuicultura local, generando con ello una cadena de valor y de desarrollo regional de gran impacto, así como en la provisión de bienes gran valor en el comercio internacional (peces y mariscos) por su selecto contenido nutricional, expresado en completos perfiles proteicos y de ácidos grasos omega-3 de gran impacto beneficioso en el consumidor final.

Las razones y argumentos hasta aquí expuestos, nos hacen pensar sin temor a equivocarnos que en el Perú enfrentamos a partir de ahora el punto de inflexión en lo que a nuestro desarrollo acuícola toca. Dependerá de las decisiones que adoptemos todos los actores que estamos envueltos en esta actividad, para que al cabo de los próximos cinco años exhibamos altas tasas de crecimiento productivo, de ingreso de divisas, de generación de empleo y de contribución a la seguridad alimentaria, acordes con el rico potencial de nuestro país.

[1] Fuente:  FAO. Informe sobre el Estado Mundial de la Pesca y la Acuicultura al 2014